La primera inspiración
Maria
Maria no está en este libro por casualidad.
Lleva el nombre —y la esencia— de la persona que, desde que yo era muy pequeño, me enseñó que cuidar es un acto de valentía.
Con mi madre aprendí que el amor no se mide con palabras, sino con gestos silenciosos: tender la mano, acoger a quien lo necesita y hacer el bien incluso cuando nadie está mirando. Muchos de los animales que pasaron por nuestra casa solo tuvieron una segunda oportunidad porque ella nunca sabía decir «no» cuando alguien necesitaba ayuda.
También fue gracias a ella como descubrí la lectura durante mi infancia. Solía contarme que encontraba libros abandonados en la basura y se los llevaba a casa. Sin darse cuenta, sembró en mí la certeza de que las historias pueden transformar vidas, del mismo modo que un gesto de cariño puede cambiar la vida de un animal.
En muchos sentidos, La Princesa Caramelo también es un homenaje a ella: a la mujer que me enseñó a cuidar, a soñar y a creer que los pequeños actos de amor pueden cambiar el mundo.